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Terra
La Coctelera

Paulette Goddard

Paulette Goddard fue descubierta por Charles Chaplin. Todo el que haya leído un poco sobre Hollywood sabe lo que significa haber sido descubierta por este señor: pasó la prueba del diván. Otra cosa es a qué edad la pasó, porque el señor Chaplin siempre fue un tenaz buscador del talento precoz y no cabe ninguna duda de que Paulette fue muy, pero que muy precoz: debutó a los 13 años en Broadway en las Zieglfeld Follies, se casó a los 16 con un próspero hombre de negocios… En fin, como diría la simpar Maira, hasta aquí puedo leer si no quiero enfrentarme a un proceso de difamación.

A pesar de que Paulette se empeñó en triunfar en la interpretación con resultados bastante desiguales —no protagonizó Lo que el viento se llevó ni nada parecido—, sí que consiguió destacar en otro ámbito, mucho más útil en Hollywood a largo plazo, el de la joyería. Según cuentan Anita Loos y Marlene Dietrich en sus memorias, sólo había una cosa que le gustase más a Paulette que un buen papel: un buen brillante. Cuanto más grande, mejor. Paulette era una firme partidaria del dicho “No hay diamantes ordinarios, sólo diamantes pequeños” (frase atribuida a Mae West, pero Mae es un poco como Tallulah Bankhead: “Si oyes algo gracioso, ya lo he dicho yo antes”).

Además, había otra cosa que a Paulette podía hacerle perder la cabeza: los maridos. Los ajenos. Sobre todo si el marido era un escritor como Erich Maria Remarque. El autor del best-seller Sin novedad en el frente se había casado dos veces con la misma mujer, Ilsa Jane Zamboui, hasta que llegó Paulette. “¿Eso es un Renoir? ¡Qué mono! Ilsa, bonita, ve haciendo las maletas…”.

Y es que, chicas, nunca es tarde para aprender que hay algo mejor que las joyas si lo que quieres es una buena jubilación: los impresionistas.

Moraleja: Nunca, jamás tengas una amiga del género mosquita muerta. Huye de ellas como de la peste bubónica.

Jane Mansfield

Jane Mansfield es el vivo ejemplo de que tener dos tetas como dos carretas no basta. No. Además, hay que tener cabeza. Ésa misma que perdió en el accidente de tráfico que le costó la vida. Esa misma que, cuando llegó la ambulancia, tardaron un buen rato en encontrar, hasta que alguien se dio cuenta de que el caniche teñido de rosa de la eterna starlette no estaba jugando con un ovillo de nylon. No.

Moraleja: Nunca tiñas a tus mascotas. Al menos, no con colores que no da la naturaleza.

Bette Davis (2)

Entre paquete y paquete (de tabaco), copazo y copazo (de bourbon), y divorcio y divorcio (por ejemplo, de Gary Merrill, su compañero en Eva al desnudo; sí, la vida imitó al arte y, después del rodaje, los dos se casaron… para terminar odiándose ferozmente), la divina Bette soltó algunas perlas de sabiduría que las chicas de hoy, esas que leen la edición portuguesa de Vogue, deberían tatuarse en la frente con caracteres invertidos.

Sentencia nº. 1: “Llega un momento en la vida de toda mujer en el que su único consuelo es una copa de champán”. BD en Vieja amistad. Lo que no dijo la divina Bette es que, después de ese momento, hay otra época en la que te basta con un chupito de desatascador de tuberías para ver la vida de otro color.

Sentencia nº. 2: “Me encantaría besarte, pero acabo de lavarme el pelo”. BD en Esclavos de la tierra. Si no hay champú, basta una fina lluvia de cal viva.

Sentencia nº. 3: “Ese pisamierda no me ayudaría ni a salir de una cloaca”. BD en su vida privada a propós de un ex marido o un crítico (¿hay alguna diferencia?).

Sentencia nº. 4: “Es tan simpática que me da náuseas”. BD despellejando a una compañerita de reparto.

Sentencia nº. 5: “Juntas éramos como un nazi y un judío”. BD, a propós de Joan Crawford, otra superperra, con la que compartió planos —e insinuaciones sáficas— en ¿Qué fue de Baby Jane? [Un inciso: ¿Nadie ha reparado en que Tita Cervera le copia todos y cada uno de sus estilismos a Baby Jane Hudson en sus últimas apariciones públicas? ¿Vestirá a sus hijas como dos muñequitas a juego? ¿Les hará la misma rinoplastia salvaje? ¿Las maquillará también como un cuadro de Màlevich?].

Sentencia nº 6 (LA MÁS IMPORTANTE, chicas): “No hay que volver la vista atrás. Ese ‘atrás’ no existe”. Amén, hermana. Amén.

Moraleja: Nunca debéis olvidar que toda construcción de una personalidad es una mentira. Y no hay nada peor, ni más patético, que creerse las propias mentiras.

Bette Davis

Atención, chicas, la edición portuguesa de Vogue advierte que esta temporada —como por otro lado viene siendo habitual en los últimos 25 años, ya ves tú qué novedad—, la tendencia es imitar a las “Rainhas do Drama”. O lo que es lo mismo, convertirse en una drama-queen por obra y gracia del maquillaje (por un tubo), las pestañas postizas, los topolinos (plataformón al poder), las trenzas ceñidas al cráneo como una corona de espinas pilosa y la falda tubo. Vamos, que Bette Davis es lo más y Dita Von Teese, su profeta en versión brunette.

Así que, chicas, si lo que queréis es estar a la última, estudiad la biografía de la divina Bette de cabo a rabo. Ella era muy de cabo (y no Cañaveral, precisamente), pero sobre todo muy de rabo. Y es que, como le dijo la propia Bette a su hija: “Los hombres son… repugnantes. Ya lo verás”. [Y que lo digas, Bette, y que lo digas] Así acabó, la pobre: más sola que la una, borracha perdida, fumando a escondidas y dependiendo de la típica secretaria-vampira-trepa (su última personal-assistant dejaba a Eva Harrington a la altura del betún de Judea), porque su hija no perdía la ocasión de ponerla a caer de un burro, especialmente si mediaba un contrato editorial millonario. Y es que, por lo visto, la hija, angelito, le salió un poco mojigata y, entre plegaria atendida y plegaria atendida —los hijos, ay, qué bendición, ¿verdad?—, encontró tiempo de escribir dos biografías del tipo Querídisima mamá. O sea, el típico libro-revancha de hija anulada que hace que, inmediatamente, todas tus simpatías se decanten por la madre desnaturalizada. ¿Que tu madre es una perra? ¿Y qué esperabas, bonita?

Ya sabéis, chicas. Antes de encender un cigarrillo, antes de meteros un whiskazo entre pecho y espalda, antes de achicharraros los labios con una llamarada de rouge (por fuera), reflexionad: “¿En serio quiero acabar como la divina Bette?”

Moraleja: Si Saturno devoró a sus hijos, ¿por qué Ella no lo hizo?